miércoles, 17 de mayo de 2017

SOMOS CRIATURAS, SOMOS NATURALEZA

Muchas veces escuchamos o decimos expresiones como: "tenemos que proteger la naturaleza" o "qué bueno es pasear por la naturaleza". Y las dejamos caer como si la naturaleza fuera algo diferente a nosotros, como si se tratara de un 'ente' ajeno, distante a lo que somos. No somos conscientes de que formamos parte de ella, existimos inmersos en su ser, es nuestro ecosistema vital.

El cemento, la ciudad, la tecnología han creado un ambiente artificial a nuestro alrededor que paradójicamente hace sentirnos seguros, que nos da la sensación de estar en 'casa'. Y en cambio nos hace creer que la naturaleza es un espacio extraño a nosotros, e incluso inhóspito. Llama la atención cómo personas de todas las edades se sienten incómodas en un bosque o en una montaña por miedo a los 'bichos', por las supuestas incomodidades que perciben o por el ejercicio físico necesario para llegar a ellos.

Pero si entendemos bien el relato del Génesis lo veremos claro: Dios creó sucesivamente la luz, los cielos, la tierra, los mares, las plantas, los animales de todas la clases y, en esa misma serie, creó al hombre y a la mujer. No los creó ajenos al resto de las criaturas, sino formando parte de esa misma realidad. Cuando Francisco se refiere al "hermano Sol" o a la "hermana tierra" no sólo habla del respeto que se merecen, ni de que exista con ellos una mera familiaridad superficial. Lo que Francisco expresa es que todos estamos hechos de la misma 'pasta', que estamos unidos en lo más profundo de nuestro ser. Aunque hayamos creado espacios artificiales que nos separan de la naturaleza nuestro origen nos recuerda que somos criaturas, que ¡somos naturaleza!

Javi Morala, capuchino

jueves, 4 de mayo de 2017

RECOSER EL MUNDO

Me llamó la atención este título “Recoser un mundo que se rompe”, en una de las reflexiones o papeles que publica Cristianisme i Justicia. Me parece una buena imagen para acercarnos a tantas situaciones que vivimos los seres humanos y para ser conscientes de que esta es una de nuestras tareas.

Lo primero que me vino a la mente fue el recuerdo o la imagen de mi madre o de mi abuela cosiendo las camisas o los pantalones de “ir al campo”, la ropa de trabajo, desgastada por el uso o rota por algún “enganchón”. Recuerdo los comentarios de mi abuela, aficionada a coser y a los arreglos de ropa, diciendo que ahora no se aprovechan las cosas como antes o que las generaciones jóvenes no pierden el tiempo en esos arreglos.…

La nuestra no era una sociedad de usar y tirar. Nacimos y nos criamos en un modelo de vida y de sociedad en la que había que aprovechar todo, reutilizar, reciclar. Los años marcados por la crisis nos están obligando a mirar más las cosas y a recuperar esa práctica del reciclaje, por necesidad y por convencimiento. Dicha práctica no solo nos ha de llevar a centrarnos en las cosas, sino también a recuperar o reorientar las relaciones en nuestro mundo. Los medios de comunicación nos presentan una serie de situaciones problemáticas en nuestro mundo que están sin resolver. Unas son antiguas, otras van surgiendo, de tal manera que uno tiene la sensación de que el dolor va creciendo en nuestro entorno.

Ante situaciones dolorosas siempre nos encontramos con personas concretas e iniciativas solidarias con las personas que sufren. Ante todo drama humano aparecen pequeños o grandes héroes, conocidos o anónimos que curan, acogen y acompañan. De alguna manera son personas que realizan la labor de “recoser” o “zurzir” los desgarros que produce la vida para que esta siga adelante. Hacen una labor de reconstrucción y entendimiento, pues a menudo constatamos que gran parte de los problemas que surgen en nuestro mundo vienen de la incapacidad de dialogar entre las partes enfrentadas.

Recuerdo que alguien decía que vivir es como tejer un tapiz. Hace falta la sencillez de dos hilos que se cruzan, la urdimbre y la trama. Esos cruces, encuentros o nudos, van reflejando la belleza de esa obra de arte que es el tapiz, con su anverso y su reverso, con su cara y su cruz, su lado del derecho y del revés. Todo está siempre en nuestras manos: podemos tejer mejor o peor, pero es responsabilidad nuestra ir recreando la existencia junto a otras personas con quienes nos relacionamos. Estas también trabajan con nosotros en la misma obra, en el mismo mundo, en el mismo tapiz y hacen que todos podamos avanzar con confianza hacia el futuro.

Benjamín Echeverría, capuchino

miércoles, 26 de abril de 2017

LA MAGNANIMIDAD

Sin querer, hemos asociado la humildad a ser poca cosa, entendiendo mal eso de “no pretendo grandezas que superan mi capacidad” y cosas por el estilo. La humildad la hemos vivido más cerca de lo pequeño que de lo grande. Y sin embargo, el humilde, sabiendo lo que puede dar de sí y siendo consciente de sus limitaciones y trampas, está abierto a lo grande, a lo que supera su capacidad.

Parece un contrasentido, pero el que es humilde de corazón no está cerrado a lo imprevisto en su corazón. El que está cerrado a lo inesperado vive mezquinamente, administrando tacañamente lo que la vida y Dios le han dado; aunque se barnice de sabiduría, en el fondo tiene miedo y se ha rendido en vida. El que da pasos por el camino de la humildad intenta ser sincero consigo mismo, es fiel a lo que hay que hacer, sabe sacrificarse, pero no se cierra en lo conocido y controlable de sí y de la realidad. Conocemos personas que, sin ningún brillo y en apariencia poca cosa a los ojos de los demás, han sacado de sí capacidades inesperadas porque han sabido arriesgarse cuando se han topado con situaciones que requerían algo grande: un acto de generosidad, aguante ante el sufrimiento, resistencia al mal más allá de lo razonable... Y todo sin crispación, sin heroicidades, sin alardes.

El secreto ha estado en que el corazón no se alimenta de sueños, ni de expectativas narcisistas, ni de la energía vital de la juventud, ni del afán perfeccionista de quien pretende “ser humilde”; sino que, teniendo conciencia de lo que uno puede dar y no, el corazón lo tiene apoyado en la esperanza de que la vida es mucho más de lo que se ve y controla, está abierto a alguien que está más allá de uno mismo, está dispuesto a dejarse llevar por la fuerza de Dios. Este saber no es ideológico, ni aprendido, sino intuido, recibido y vivido con Dios. Es la persona magnánima.

Carta de Asís, abril 2017