lunes, 23 de diciembre de 2013

LO INMENSO EN LO PEQUEÑO PUEDE ENCONTRAR MORADA (I)

   Cada vez que uno se pone conscientemente ante el Misterio ha de aquietarse, ha de hacer silencio por dentro, tiene que aguzar la mirada interior, esa que capta intuiciones y alimenta anhelos. Ponerse limpiamente ante el Misterio, sin intentar penetrar en él y sin poner tampoco trabas que no son misterio. Estar ante el “misterio abrupto” de la Navidad (U. von Baltasar). Abrupto porque es misterio de hondura y de pobreza; difícil porque trata de cómo lo nuestro, tan pobre, es morada suya.
   Precisamos cada Navidad hacer este trabajo de ahondamiento para que el ruido social de las fiestas no ahogue, también en nosotros, la hermosura de lo que quiere sugerirnos el Misterio. Tan somos tan despistadizos que cualquier cosita nos desvía del lugar del Misterio. Mucho más si eso está consagrado y apadrinado por una sociedad que respira, en su gran mayoría, otros aires.
   ¿Cómo nombrar a ese Jesús del Misterio? ¿Cómo acercarse a aquello que nos es muy difícil de asimilar porque, a la postre, es el misterio de la pobreza con Dios dentro? ¿Cómo hacerlo de manera que nos ilusiones hoy? Los modos tradicionales de entender la encarnación, modos de origen dogmático, aunque cordialmente aceptados quizá hayan perdido su capacidad de sugerencia y, con ello, su fuerza para renovar en nosotros el estremecimiento del Misterio. Si así fuera, habría que intentar otras maneras de nombrar al Jesús que es carne, a Dios que es carne por amor.

   ¿Cómo nombrar a Jesús en otros modos que los de la tradición dogmática, aunque sigamos valorándolos? ¿Cómo decir lo que hay dentro de Jesús en maneras que nos cautiven un poco más, que nos han valorar con un brillo nuevo en la mirada eso que decimos desde siempre, que en Jesús aparece lo divino? Intentémoslo:

1. Jesús, presencia fiable de Dios en la historia: Porque el rastreo de Dios en la historia ha generado mil fantasmas en torno a él hasta llegar a decir que “Dios no es de fiar” (Saramago: ¡mirar Caín!). Sin embargo, de Jesús podemos fiarnos por respuesta positiva ante el dolor humano. Su conmoción por lo nuestro es garantía de su fiabilidad (Mc 6,30-34).

2. Jesús, acompañamiento de Dios en el camino humano: Por él sabemos que no estamos solos, que “nuestra tierra tiene marido” (Is 62,1-5), que es nuestro buen levir que nos ampara (Jn 1,27). Una historia acompañada: es la nuestra; lo sabemos por el acompañamiento de Jesús inserto en la base de lo humano (Jn 14,23).

3. Jesús, el que nos introduce en el Misterio: En ese misterio que es “no otro” y que no tiene límites. Por su ahondamiento en los caminos de la espiritualidad (la oración, la Palabra, el dolor humano, la preocupación por la suerte de los pobres) sabemos que nos lleva bien hacia el Misterio.

4. Jesús, disponible para el bien: Porque la bondad, ideal divino, ha brillado de manera eximia en Jesús que pasó haciendo el bien, que creía en un Dios bueno para todos y que propuso a quienes ejercen la bondad como ciudadanos ejemplares del nuevo reino (Mt 5,45; Hech 10,38).

5. Jesús, habitante de la profundidad: Porque la profundidad, la verdadera dimensión de lo que somos (en lo bueno y en lo no tan bueno) es el lugar donde él ha puesto su morada. Y, según el argumento de P. Tillich antes citado, porque sabe de la profundidad, sabe también de Dios. En la profundiad del corazón está la verdad de Dios y de la persona (Mt 15,18).

6. Jesús, puerta para la experiencia de Dios: Porque muchas son las puertas que llevan a los umbrales del misterio, a la experiencia viva de lo divino. Para el cristiano Jesús es esa puerta que ayuda a franquear lo que la religión considera inaccesible (Jn 10,7). Es puerta que no excluye, sino que abraza y valora las otras puertas.

7. Jesús, miembro luminoso de la comunidad de Dios: Con una luz que es capaz de iluminar la senda de lo humano. Es luz en el mundo y para el mundo (Jn 8,12). Tampoco excluye a las otras luces. Es, más bien, luz humilde y menor, pero utilísima y animadora.

(continúa)

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