jueves, 29 de junio de 2017

NO SOY MÁS QUE MI HERMAN@

Hay un nivel de fraternidad, de vivir como hermanos, de ser hermanos donde el motor pude ser la buena voluntad, o unos ideales de fraternidad, de comunidad, de parroquia... Nos apoyamos en unos valores de igualdad, de reciprocidad, de querer bien. En un primer momento resulta gratificante que las apuestas sean compartidas porque ponemos lo mejor que somos y tenemos. La sensación es de recibir más de lo que aporto. Los demás son más de lo que soy yo.

Sin embargo, llegan otros momentos en los cuales la buena voluntad no es suficiente. Van apareciendo los lados no tan brillantes de cada uno, los roces por diversos motivos: caracteres, desencuentros ideológicos, cansancios... Entonces se adueña la sensación de que no hay proporción entre lo que pongo de mí que es mucho y lo poco que recibo a cambio. Los demás son menos de lo que soy yo.

Podemos llegar a otro estadio de fraternidad. Ésta ya no es el resultado de la buena voluntad ni de la confluencia de las ideas y objetivos que nos mueven a los miembros del grupo. A lo largo del recorrido personal y comunitario vamos cayendo en la cuenta de que la fraternidad tiene un misterio que supera la suma de sus miembros, la suma de sus virtudes y sus limitaciones. Hay un plano más básico que no controlamos en el cual es Dios el que misteriosamente hace que se ensamble la fraternidad, la parroquia, la comunidad. Él, en su designio de amor, nos quiere unidos y en paz. La fraternidad siempre será tarea, no siempre será armoniosa y sin conflictos; pero en ella es donde hacemos el recorrido vital personal y comunitario si nos mantenemos abiertos al aliento de Dios que nos sostiene. La sensación es que nadie es más que nadie porque somos sostenidos y amados por Dios.

¿Qué nos mantiene a flote? ¿Quién nos da el plus que necesitamos para la fraternidad, la comunidad, la parroquia, la familia...?

 Carta de Asís, junio 2017

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